Tres voces miran a través de una fisura
- Jesús Adín Valencia *
- 27 feb
- 2 Min. de lectura

Por: Jesús Adín Valencia
Fisura, obra del poeta michoacano Armando Salgado, es una plaquette bajo el sello Sombrario, de la colección Cuadernos de humo. Consta de 35 páginas, no más requiere, para dar voz justo a tres poetas de la distopía: Mina Natalie (1983), de Los Ángeles, Ca., con traducción de Rubén Morín; Javier Ánimas (1967), de Valparaíso, Zacatecas; e Isabella Martín (1971), de Mérida, Yucatán.
El autor expone un desdoblamiento apócrifo sólo en la selección y notas de esta antología breve editada el año de 2024, con el remanente de literatura post pandémica o covidiana. Armando Salgado, incluso, nos anota al final, ya quitándose el antifaz de cualquiera de sus heterónimos, o mejor dicho, la más [cara], mal [eable] que significa el poema, dicho en palabras del autor, para revelarnos, se trata de una selección ficticia surgida a partir de voces en canon, múltiples, en estampida, durante la pandemia y el confinamiento a lo largo de 2020.
Fisura se afianza en la distopía. Tres poetas hablan desde ese mundo que fue para la humanidad, pleno de incertidumbre, con calles desoladas, distanciamientos, y la muerte que ceñía e intubaba y apartaba y dejaba secuelas o incineraba como se hacía con los libros en Fahrenheit 451. Similar a ese mundo, o el visto en lo distópico de Camus gracias a La Peste, George Orwell y 1984, por citar dos ejemplos.
En la primera fisura aparece Mina Natalie. Ella, la más joven, nos habla de lo cotidiano entre quehaceres del hogar, lugares emblemáticos, slangs y esa “(…) wea que carcome, esas weas dictaduras bajo piel de estos pliegues: [sirve despachar de lado de esta santiaguina, cachái], esas weas revoluciones (…)”.
Luego viene Javier Minas. Ofrece una voz más solemne para versificar a manera de crónica el paso de Leila Slimani, escritora francomarroquí, mientras cruza un desierto como enfermedad, por enésima vez, “con los ojos descalzos”.
Isabella Martín prescinde del verso libre y en prosa breve e introspectiva, intimista, asocia el contexto a una relación epistolar con la abuela, ubicándonos entre Mérida y Cuba. La retroalimentación o mensaje de regreso reincide en distopías, preguntándonos: “(…) ¿cuándo se cumplirán las profecías de Bradbury? Lo que queman son personas, aquellas que cuidan los bosques y a sus animales. Carbonizan a quien piensa diferente. Incineran cuerpos envueltos entre esas otras pestes”. Álvaro de Campos es otro más de los heterónimos referidos en esta obra.
Son desdoblamientos, otros nombres para mirar desde la otredad. Armando Salgado evoca voces, cada una con estilo propio, que miran la tierra, la niebla o sólo más allá de sus narices”, parafraseando a Benedetti, para que traspasen versos entre fisuras de cualquier muro confinante, pasado o por venir.

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